Yo puedo
Esta foto es del 10 de septiembre de 2023. Entonces estuve por primera vez en mi vida en la alta montaña.
Tenía 36 años y pesaba 111 kilos. Es un número que hoy parece terrible, pero en aquel momento significaba que llevaba 44 kilos menos a mis espaldas. Y sobre todo significaba que por fin podía.
Tres horas cuesta arriba
Durante todo el camino se me repetía una frase en la cabeza. No era nada inventado, no se me ocurrió de vuelta a casa. Estaba ahí mientras andaba, y cuanto más alto subíamos, más fuerte sonaba.
Yo puedo.
Yo puedo subir cuesta arriba en los Tatras tres horas seguidas y todavía me quedan fuerzas. No estoy cansado en absoluto.
Una persona que pesaba más de ciento cuarenta kilos y pasaba las tardes delante de la tele no se dice una frase así sin más. Esa frase no va de rendimiento. Va de que el cuerpo de pronto hace lo que usted le dice, y no lo que él le permite.
Esta idea la recuerdo con más precisión que la ruta.
Por primera vez con gente desconocida
Fue mi primera salida con el club de montaña KST Nižná. Por primera vez en mi vida fui a algún sitio con gente a la que no conocía de nada.
Para alguien es algo corriente. Para mí fue la mayor barrera de todo el día, mayor que el desnivel.
Toda la vida dije de mí mismo que era un introvertido sin remedio. Que no encajo entre la gente, que me agota, que sencillamente no es lo mío. Lo consideraba un rasgo. Algo que viene dado y con lo que no se puede hacer nada.
Ese día descubrí que no es verdad.
No soy introvertido. Solo que nunca había conocido a gente con la que tuviera algo que compartir.
Y cómo iba a conocerla. Hasta hace poco me interesaban la tele, el ordenador y el estado de un cerebro lavado. ¿Con quién voy a hablar de eso? ¿De qué tiene que hablar una persona así? Todos esos años me expliqué ese silencio con mi carácter, cuando era el silencio de alguien que no tiene nada que decir porque no hace nada.
Cuando de repente subes con alguien cinco horas cuesta arriba, tienes tema común automáticamente. Estáis en el mismo sendero, con el mismo tiempo, con el mismo cansancio. La conversación viene sola.
Lo que cambió
Las montañas me cambiaron la mirada sobre el mundo. No suena a gran descubrimiento, pero para mí lo fue.
Hasta septiembre de 2023 mi mundo lo formaban cuatro paredes, dos gatos y el trabajo. Después de septiembre de 2023 había también en él gente que me escribía adónde se iba la próxima vez, y un paisaje que me conquistaba a cada paso.
Fue una época inmensamente feliz y sé exactamente cuándo empezó.
Entonces todavía no sospechaba que en menos de dos años estaría en el Elbrús. En aquel momento ni se me habría pasado por la cabeza. Me bastaba con haber llegado arriba y con no estar cansado.
Escribo sobre esto en el libro: capítulo Mosaico de la vida, subcapítulo La montaña que me acogió.