Basta con aguantar hoy
En medio de mi transformación, Mino me dijo un día: «¿Vas a probar el boxeo?».
Mi primera reacción fue la misma que ante todo lo demás: imposible. ¿Yo y el boxeo? Pero dejé que me diera vueltas en mi cabeza perezosa. De algún modo se quedó allí.
Cuando al final decidí probarlo, no me hacía ilusiones. Sabía que iba a doler. Cincuenta minutos de movimiento intenso sin pausa: eso no es algo que mi cuerpo pudiera llevar con facilidad.
El primer entrenamiento fue exactamente como me lo había imaginado. Cincuenta minutos que parecieron cinco horas. Mientras tanto buscaba excusas: por qué había venido, que no pertenecía allí, que mejor me habría quedado con las mancuernas, donde nadie me miraba y donde no estaba en medio de la sala.
Pero lo que más me pudo fue ese reloj de la pared. Cada vez que lo miraba sabía exactamente cuánto dolor me quedaba por aguantar. Treinta minutos más. Veinte. Quince. El número bajaba y no facilitaba nada. Más bien era peor: sabía que no podía excusarme, que ese tiempo era real y que tenía que atravesarlo.
Cuando terminó, estaba orgulloso de mí. No porque hubiera cambiado y mañana fuera a ser mejor. No porque aquello fuera el comienzo de algo grande. Estaba orgulloso solo porque lo había aguantado hoy. Hoy, cuando no tenía ganas. Hoy, cuando sabía que podía marcharme y que nadie me juzgaría por ello.
Me fui a casa con la convicción de que aguantar hoy es todo lo que necesito.